13 oct. 2011

Waterloo: la batalla que pudo ganar Napoleón

La batalla que ha inspirado novelas, películas y canciones. El fin del retorno casi milagroso del general más portentoso de la historia quien —regresando del exilio con menos de un millar de soldados y enfrentándose a enemigos muy superiores en número— estuvo a las puertas de poner, una vez más, toda Europa bajo los designios de su voluntad. Esta es la historia de lo que pudiendo haberse convertido en su más increíble triunfo, fue sin embargo el fin del mayor aventurero de la Historia.

¡Ha vuelto!

Primavera de 1815. La noticia recorre toda Europa como la pólvora: ha escapado de su exilio, sorteando los barcos ingleses encargados de impedirle abandonar la pequeña isla en que está confinado, y acompañado de seiscientos soldados —la escolta que se le permitió mantener a cambio de entregar todo un imperio— ha vuelto a poner en pie en Francia. Las cortes europeas son sacudidas por el acontecimiento y de un país a otro circulan los comentarios de asombro y alarma sobre el sorprendente suceso. Sólo hay un individuo en el mundo que puede provocar semejante conmoción con la sola mención de su nombre: Napoleón Bonaparte. El oficial de artillería que ascendió de la nada hasta el trono de Francia, que derrocó reyes y dinastías, que dominó toda Europa… y que la perdió cuando el grueso de su ejército moría de hambre y frío en el crudo invierno de las estepas rusas. Napoleón ha vuelto. El pánico invade los palacios de las principales potencias del continente. Los reyes y emperadores que una vez doblaron la rodilla ante él comienzan a intercambiar cartas y mensajes diplomáticos, consumidos por la angustia, ¡es como si un Apocalipsis fuese a cernirse sobre Europa! Tal es el aura que rodeaba a Napoleón: el hombre más famoso del mundo, cuyas hazañas se conocían desde Japón y China —donde era una figura casi mitológica—hasta la remota Sudamérica.

Nadie, ni siquiera en Francia, era capaz ni de imaginar que un retorno tan inesperado y espectacular pudiese llegar a ocurrir. Los pescadores de la costa francesa apenas pueden creer lo que están viendo cuando un bote llega a tierra y pone el pie sobre la arena una muy reconocible figura de baja estatura: nada menos que el antiguo Emperador, actualmente un proscrito de la ley francesa, que tiene prohibida la entrada en el país. Una escena semejante no se había visto jamás. El boca a boca primero, y los mensajeros a caballo después, llevan la chocante primicia a París. Bonaparte, que tras su derrota había sido insultado —y casi linchado—por el pueblo en su marcha hacia el exilio, es ahora recibido con expectación: Luis XVIII, el fofo e inoperante rey Borbón que asumió el trono tras la derrota de Napoleón, ha decepcionado a los franceses con sólo unos meses de reinado. Luis XVIII no es menos tirano que Bonaparte, pero sí mucho más ineficiente. Un año antes franceses habían culpado a Napoleón de la derrota militar en Rusia, pero ahora echaban de menos su tiranía: a fin de cuentas había construido escuelas, carreteras, y había escrito leyes que, salvo por el recorte de las libertades —sobre todo de prensa— eran en general bastante razonables.
El Rey envía un contingente de soldados para detener a Napoleón, comandados por un capitán que tiene la orden de arrestarle. En un camino boscoso, este destacamento se encuentra con Bonaparte y su escolta de seiscientos hombres. Ambos bandos apuntan al bando rival con sus armas; la tensión se corta con un cuchillo. Si alguien aprieta el gatillo se desencadenará una masacre. El capitán le dice a Napoleón: “tengo orden de haceros prisionero” pero los escoltas que cubren las espaldas a Bonaparte no mueven una pestaña. Como siempre se mantienen leales a quien fue su Emperador y como siempre están dispuestos a jugarse la vida por él. La escena puede terminar en una sangría.

Pero Napoleón da un paso adelante y habla a los soldados que han ido a detenerle. Dice: “No permitiré que mis soldados derramen su sangre sin motivo. Si alguno de vosotros aún está dispuesto a disparar a su Emperador, aquí lo tenéis” y se abre la chaqueta en un gesto dramático, mostrando su pecho, dispuesto a recibir las balas. Pero Napoleón intuye que las tropas que han de hacerle prisionero —pero que en otro tiempo sirvieron bajo sus órdenes— en su interior siguen siéndole fieles. Conmovidos, los soldados renuncian a su misión y comienzan a vitorearle con gritos de “¡Viva el Emperador!”. Abandonan a su capitán y se unen a la escolta de quien todavía sienten como su general. El capitán, abatido pero haciendo gala de dignidad y valentía, se dirige a Napoleón: “Mi intención todavía es deteneros, pero mis soldados me han abandonado”. Napoleón, con su fina psicología para tratar a los soldados —él fue soldado antes que ninguna otra cosa en su vida, pues desde niño creció en una escuela militar—no le muestra ningún rencor: sonríe y le felicita por su empeño en cumplir la orden recibida. Le deja en libertad, sin represalias, y un tiempo más tarde —siempre dispuesto a hacer uso de un buen oficial— le llamará para tenerle también entre los suyos. El Emperador, que nunca consiguió ganarse a los reyes y aristócratas europeos pese a sus constantes empeños, sí sabe tratar a sus hombres, y ese es uno de los motivos que le convierten en el más temido general de su tiempo.

Napoleón sigue su camino hacia el norte, hacia París. Cada vez que se topa con un destacamento enviada para arrestarle, se repite la escena: los soldados renuncian y se unen a su escolta, que se engrosa cada vez más. Un buen día, cuando Napoleón aún está de camino a la capital, aparece una pintada en un muro cercano al palacio de Versalles, dirigida al rey: “Luis, no me envíes más soldados, ya tengo más que suficientes”.
Luis XVIII capta el mensaje: hace las maletas apresuradamente; su camarilla de ministros también: abandonan París y se marchan al exilio a toda prisa. Es una decisión juiciosa; durante años han visto a Napoleón efectuar prodigio tras prodigio y este es solamente un prodigio más en su inigualable carrera: sin disparar una sola bala, sin desenfundar un solo sable y apelando sólo al amor de sus soldados, Napoleón ha recuperado el trono de Francia. Es el comienzo de los Cien Días, un periodo tan fabuloso como históricamente anómalo en que se jugó el destino de Europa y, seguramente, del mundo.

Cuatro contra uno

Le parecía imposible cuando, paseando a caballo por los cerros de la diminuta isla de Elba, se lamentaba por el imperio perdido, pero ahora vuelve a sentarse en el trono. Es de nuevo Emperador de Francia. Y su primera medida es enviar cartas de paz a todas las potencias europeas, recordándoles que él nunca inició ninguna guerra y sólo terminó las que habían iniciado otros, que fue amable incluso con los reyes a quienes destronó y que desea ante ninguna otra cosa que no se derrame más sangre en suelo europeo. No hay contestación. Ni siquiera su suegro, el emperador Francisco I de Austria —con cuya hija Maria Luisa Napoleón se casó y tuvo un niño al que ya no le dejan ver—se digna responderle. No se fían de él; conocen por experiencia su ambición, su inigualado talento militar y su tendencia a invadir un país detrás de otro. Le tienen tanto miedo que no pueden darle tiempo para rearmarse, sabiendo que aunque el ejército de Francia ya no es el mismo, bajo el mando de Napoleón puede ser capaz todavía de grandes cosas. Se forma una Alianza contra Francia —la séptima en trece años, nada menos— liderada por Inglaterra, junto a Prusia, Rusia, Austria y varios países menores. Cuatro potentes ejércitos se dirigen a la frontera francesa desde diversas direcciones. Un cerco mortal.
Desde el norte, llega la amenaza de los dos más potentes ejércitos de la Alianza, el ejército británico dirigido por el Duque de Wellington, que ha acampado en Bélgica junto al ejército prusiano del anciano general Blücher. Desde el este, con algo de retraso, se acercan los rusos y los austriacos. Demasiados enemigos a los que combatir con un solo gran ejército. Napoleón está perdido. ¿O no? Lo ha demostrado mil veces: aunque llevado por su ego fue capaz de cometer grandes errores —como el de invadir España y, sobre todo, el de invadir Rusia—su astucia militar no tiene límites. Ya que le obligan a luchar, luchará. Ya que sus enemigos son muchos, buscará la mejor manera de neutralizarlos a todos. Sí, parece imposible.., y de hecho, ¡es imposible! Pero sobre un campo de batalla nunca hubo imposibles para Napoleón Bonaparte: por eso es quien es.

Napoleón decreta una movilización general para recomponer lo mejor que pueda y a toda prisa el ejército francés, lo que una vez —antes del desastre de Rusia—fue la fuerza militar más poderosa de la Tierra. Perdió muchos soldados veteranos y valiosos en la estepa rusa, vencido por el General Invierno, ya que el Zar y sus tropas habían huido de él… atrayéndole astutamente hacia el terrible periodo invernal. Pero Napoleón aún conserva algunas de sus mejores unidades. Sigue teniendo a la Guardia Imperial, que era la infantería de élite más temida —y temible—de su tiempo. Un cuerpo reducido, pero formado por hombres seleccionados personalmente por Napoleón, hombres que debían reunir unas características únicas: alta estatura, complexión fuerte, carácter combativo y mucha experiencia probada en el campo de batalla junto al propio Bonaparte. De aspecto feroz, tocados con gorros de piel de oso, los hombres de la Guardia Imperial cobraban el triple de salario que el resto de soldados franceses y recibían el doble de ración. En muchas batallas ni siquiera entraban en combate y descansaban tranquilamente mientras las demás tropas se jugaban la vida en combate. Un trato de privilegio que, sin embargo, justifican cada vez que son llamados a luchar por el Emperador: la Guardia Imperial nunca —jamás— ha retrocedido ante nadie. Cada vez que Napoleón les ha hecho levantarse de su privilegiado descanso y entrar en una batalla, los hombres de la Guardia han contribuido decisivamente a la victoria. Es el más invencible cuerpo de infantería del planeta; su sola mención hace estremecerse a los soldados enemigos.
Bonaparte también conserva su artillería que —también— es la más avanzada y eficaz de su tiempo. No es difícil explicar por qué: Napoleón, además de Emperador, estratega y general, es el mejor artillero del mundo. Desde niño estudió en una academia militar todo cuanto se podía aprender sobre esa disciplina. Lo sabe todo sobre cañones, absolutamente todo: cómo se fabrican, qué metales se usan, las leyes de la física y la dinámica que rigen la trayectoria de las balas… todo. Presume —con razón—de poder construir un cañón perfectamente funcional desde cero. En algunas de sus primeras batallas como general, cuando era más joven y ágil, llegó a manejar cañones junto a sus hombres, manchándose de pólvora y sudor y ganándose su respeto. Cuando en París se había celebrado con salvas el nacimiento de su primer hijo, el Emperador —de pie ante una ventana de su palacio—había escuchado los cañonazos desde la distancia, diciendo qué tipo de cañón y de qué calibre estaba disparando cada vez, distinguiéndolos únicamente por el sonido. Cuando tras su segunda y definitiva derrota fue conducido a Londres en un barco británico, el capitán inglés —que le había recibido con frialdad despectiva—acompañó a Napoleón a la cubierta de cañones, que Bonaparte se empeñaba en visitar. El marino quedó tan atónito por los conocimientos de Napoleón sobre la artillería del buque —sabía mucho más que todos los artilleros del barco juntos—que envió una carta a su familia describiendo con asombro la erudición del general corso. Napoleón es un genio en diversos campos, pero en artillería más que en ningún otro.
Además de la temible Guardia Imperial y su avanzadísimo cuerpo de artillería, también conservaba un buen cuerpo de caballería de reserva: los coraceros del mariscal Ney, quienes imponían respeto con sus cuidadosamente escogidas monturas y sus uniformes con casco y peto de reluciente metal. Para terminar de rearmarse adecuadamente, necesitaba un buen número de soldados con que reconstruir las unidades regulares. Tendría que conformarse con muchos reclutas inexpertos, pero no tenía tiempo para más. Su Grand Armée quizá ya no era la misma que asoló Europa años antes, pero seguiría siendo un ejército potente. Aunque, ¿qué podía hacer con un único ejército frente a cuatro grandes ejércitos enemigos?

Un plan magistral

Napoleón entendió inmediatamente que Inglaterra era la clave de la nueva coalición. Era el único país que ya no temía ser invadido por el Emperador de Francia —aunque en el pasado las madres inglesas amenazaban a sus hijos con Bonaparte si no se iban a dormir—porque en la batalla de Trafalgar el almirante Nelson había destruido la flota francesa y con ella la posibilidad de que el ejército napoleónico desembarcase en Gran Bretaña. Envalentonados por su dominio de los mares, los británicos ya no tuvieron inconveniente en enviar a Wellington hacia España primero, y hacia Bélgica después. Los mares eran propiedad de los ingleses… y Napoleón sólo era peligroso sobre tierra. Inglaterra estaba a salvo; el Canal de la Mancha era su escudo protector.
Pero a los demás países europeos sí les temblaban las rodillas cada vez que recibían noticias sobre las movilizaciones en Francia. Sin un mar que les protegiese de Bonaparte, tan sólo el poder económico, militar y sobre todo naval, de Inglaterra les daba confianza suficiente como para mantenerse unidos. Y Napoleón se dijo que si conseguía vencer a Wellington en Bélgica, el resto de la coalición se vendría abajo, presa de la desconfianza. Una idea certera: no podía vencer a todos sus enemigos a la vez, pero si primero despachaba a los ingleses —y conociendo a sus rivales, los reyes europeos, que al contrario que Napoleón habían sido educados como aristócratas y no como soldados— no tardarían en querer firmar tratados de paz con Francia, atenazados por el pánico.
Tres meses después de apearse de una barca en el sur de Francia para recuperar su trono, Napoleón —empujado por las mismas prisas que movían a sus adversarios—se dirige con su nuevo ejército a Bélgica para expulsar a Wellington del continente. ¿El problema? Wellington no está solo. Blücher está acampado cerca de él. Y quizá podría vencer a británicos y prusianos… por separado, pero nunca juntos. Un dilema que hubiese hecho tirar la toalla a cualquier otro militar de su tiempo, y a casi cualquier general de otra época. Pero estamos hablando de Napoleón, el hombre capaz de lo imposible: él no tiraba la toalla sin buscar una solución, por arriesgada e inverosímil que pudiera parecer. Muchas veces, durante toda su carrera, se había jugado el todo por el todo. Sólo así había alcanzado la cumbre. Era hora de jugárselo todo a una carta, una vez más.
En los inicios de su carrera como militar, cuando defendía el honor francés en Italia, se había enfrentado a dilemas semejantes: dos ejércitos enemigos acampados frente al suyo. Y había encontrado una solución: la táctica de la “posición central”. Cuando un ejército está acampado, hay una línea de suministros —alimentos, municiones, etc.— que llegan o bien desde el mar, en barcos, o bien desde una carretera importante. Es importante para un ejército no alejarse de esa línea de suministros o se arriesga a que sus soldados se queden sin alimentos ni municiones en muy poco tiempo, y especialmente después de una batalla. Cuando un ejército se ve obligado a replegarse con el fin de prepararse mejor para la batalla, lo hará siguiendo la dirección de esa línea de suministros para no perderla.
Esto es algo que Napoleón sabía bien; como sabía que los suministros de británicos y prusianos acampados en Bélgica llegaban desde direcciones opuestas: los británicos recibían pertrechos, alimentos y materiales desde la costa, a la que llegaban en buques procedentes de Inglaterra. Los pertrechos prusianos, en cambio, llegaban desde el interior a través de una carretera. Si Napoleón conseguía hacerles retroceder a ambos a la vez, y según su lógica de las líneas de suministros, británicos y prusianos se plegarían en direcciones opuestas… separándose.

Las batallas de Ligny y Quatre Bras

Los dos enemigos de Napoleón no imaginaban que se atrevería a atacar a ambos a la vez —sobre el papel, era un movimiento suicida—, y pensaban que una jugada más lógica sería intentar atacar Bruselas pàra bloquear los suministros británicos. Esto es algo que Bonaparte utilizó en su propio beneficio. Cuando dividió su ejército en dos partes, una dirigida por él mismo y otra a cargo del mariscal Ney, para penetrar por sorpresa en la “posición central” —el punto de separación de ambos ejércitos aliados— sus dos rivales no se lo esperaban y no pudieron reaccionar de otro modo que replegándose, tal y como Napoleón había previsto, siguiendo sus respectivas líneas de suministros. Británicos y prusianos se separaron unos de otros, y cuando quisieron darse cuenta ya era demasiado tarde. Esta primera parte del plan de Napoléon, efectuada dos días antes de la batalla de Waterloo, salió casi a la perfección y parecía poner a los aliados en una posición muy precaria. Sólo un error del mariscal Ney impidió que el gran éxito obtenido por Nonaparte aquel día fuese todavía más rotundo.
Ney era retratado en numerosas pinturas de la época sobre un caballo y sable en mano, siempre cargando contra el enemigo. En ocasiones, incluso se le retrataba empuñando un sable con la hoja partida en dos. Aquello no era una exageración propagandística: el valor del mariscal Ney en la batalla era inigualable, una gran inspiración para sus hombres, y ese era el principal motivo por el que Napoleón le mantenía al frente de la caballería aun a sabiendas de que era tácticamente algo inepto (y que además le había traicionado tras su primera derrota). Napoleón consideraba el factor psicológico muy importante en una batalla —algunas de sus más grandes victorias se habían apoyado fundamentalmente en ello—y pensaba que si Ney daba ánimos a los suyos y causaba el terror entre los adversarios, eso le confería un valor intrínseco enorme. En el enfrentamiento entre Ney y Wellington en Quatre Bras salió lo bueno y lo malo de su manera de comandar: el impulso inicial impidió a los británicos ayudar a sus aliados y terminó consiguiendo que optaran por retirarse a un lugar donde prepararse mejor para una nueva batalla, pero Ney se entretuvo más de la cuenta haciendo cargas de caballería innecesarias y tardó demasiado en volver junto a Napoleón para ayudarle a destruir el ejército prusiano.
Mientras, Napoleón se enfrentó a Blücher en Ligny y obtuvo una victoria, obligando a los prusianos a huir, alejándolos todavía más de los británicos. Pero no pudo destruir el ejército de Blücher como era su intención inicial porque Ney llegó demasiado tarde. Un pequeño traspiés al que nadie —ni franceses ni aliados—dio demasiada importancia en su momento, pero que a la larga sería fundamental en el resultado de la gran y definitiva batalla que tendría lugar dos días después.
Tras finalizar aquellas dos primeras batallas, Napoleón se había salido con la suya. Los dos aliados se habían separado. Envió una parte de su ejército, comandada por el mariscal Grouchy, con la misión de interponerse en el camino de Blücher e impedirle regresar para ayudar a Wellington. El general inglés, por su parte, estaba justo donde Napoleón había previsto: cerca de la localidad de Waterloo, encajonado frente a unas colinas. Pese a que era una posición ideal para la defensa (y Wellington era conocido por sus tácticas defensivas), los británicos tenían un bosque a sus espaldas, el cual, en caso de que Napoleón consiguiera provocar su retirada, impediría un repliegue organizado y convertiría las tropas de Wellington en simples presas indefensas huyendo en desorden ante los cazadores franceses.  Cuando el día anterior a la batalla ambos generales analizaron el mapa, les embargaron sentimientos bien opuestos. Napoleón estaba triunfante y comentaba a sus ayudantes: “mañana cenaremos en Bruselas”. Wellington, mientras, se sentaba abatido en su tienda de campaña y mirando el mapa dijo: “el maldito me ha tendido una trampa”.
Para Napoleón Bonaparte, todo parecía estar de cara. Una vez más había logrado lo que era aparentemente imposible: separar a sus aliados, poniendo a uno de ellos entre la espada y la pared e impidiendo que el otro acudiese en su ayuda a tiempo. Iba a vencer a los británicos, sacudiendo los cimientos morales de la coalición entre sus enemigos para volver a dominar Europa y cambiar definitivamente el curso de la Historia. Así pues, ¿qué pudo salirle mal? (continuará)





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