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6 mar 2012

Foday Sankoh: El hombre que castigaba con amputaciones


Foday Sankoh, ex líder de la guerrilla sierraleonesa Frente Revolucionario Unido (FRU) es uno de los símbolos de las atrocidades de diez años de guerra civil en Sierra Leona, cuyo rostro más visible fueron las amputaciones masivas para aterrorizar a la población civil. Entre 100.000 y 200.000 personas murieron en el conflicto.

Sankoh fue el artífice en 1967 del primer golpe de estado de Sierra Leona, que dio el poder al presidente Siaka Stevens. Condenado por traición, fue encarcelado por seis años, de los que salió convertido al cristianismo. Tras entrenar en la Libia de Gadafi, fundó un partido para poner en marcha su plan de abrir el pingüe comercio de diamantes a toda la población sierraleonesa, si bien pronto abandonó tal pensamiento y se entregó a una violencia sin límites.  


'Popay', como era llamado por sus seguidores, inició en 1991 una sangrienta guerra civil en Sierra Leona que dejó tras de sí casi 200.000 muertos y finalizó cuando un contingente de tropas británicas y fuerzas especiales de la ONU intervinieron para poner fin a un conficto que duraba ya una década. El RUF se hizo tristemente famoso por su crueldad con sus víctimas, civiles a los que amputaba manos, pies, narices y orejas, y por violar mujeres, convirtiendo esta contienda en una de las más feroces del continente africano.


Foday Sankoh, antiguo fotógrafo itinerante antes de alistarse en el ejército, había sido condenado a muerte en 1998 por traición, antes de recibir la amnistía en julio de 1999 después de la firma de un acuerdo de paz. Sankoh compareció brevemente en marzo de 2002 ante un tribunal de Freetown, su primera aparición en público desde mayo de 2000, fecha de su detención en la capital de Sierra Leona, donde estuvo a punto de ser linchado.

El Frente Revolucionario Unido (RUF), agrupación rebelde pero también, según su creador, religiosa que fusionaba Islam y cristianismo, fue creado por Sankoh antes de hacerse responsable de la muerte de decenas de miles de personas. Expulsiones, violaciones y mutilaciones eran el lote común de las víctimas de los drogados combatientes, a veces antropófagos, enrolados generalmente a la fuerza en su primera juventud.



Durante esos años, este pequeño hombre rechoncho, canoso y barbudo se convirtió en un "rebelde sin rostro". Su "presentación pública", en 1996, causó sensación. Rodeado de mujeres jóvenes, vírgenes según la leyenda, a la vez guardaespaldas y catadoras de platos, vestido con un gorro tradicional de tres puntas, evocaba las "visiones" que lo guiaban en su lucha.  

En enero de 1999, el RUF atacó la capital, Freetown, ocupándola durante tres semanas con un costo de miles de muertos y escribiendo una de las páginas más sangrientas y atroces de la guerra. Después de esta carnicería, el presidente Kabah aceptó la salida de prisión de Sankoh para negociar un acuerdo de paz, firmado finalmente en agosto de 1999 en Togo bajo los auspicios de la ONU. A principio de mayo de 2000 todo se hizo pedazos. El RUF tomó como rehenes a más de 500 cascos azules de la ONU y marcharon sobre Freetown. 


El Reino Unido, antigua fuerza colonial, desplegó entonces varias centenas de hombres para evitar el desastre. La guardia privada de Sankoh abrió fuego sobre manifestantes que lanzaban piedras sobre su casa en Freetown, causando una veintena de muertos. Sankoh desapareció durante diez días, antes de ser localizado la madrugada del 17 de mayo de 2000 por un transeúnte, andando por la calle, azorado, en ropa interior y con una tela sobre su cabeza. Desde entonces y hasta su primera comparecencia en el juicio, el 4 de marzo de 2002, no fue visto en público. 

Murió en la madrugada del 30 de julio de 2003 en un hospital de Freetown, donde se encontraba bajo custodia del Tribunal de Sierra Leona para Crímenes de Guerra, auspiciado por la ONU. Padecía una dolencia del corazón y su estado de salud era muy precario desde su detención a principios de 2000.






11 nov 2011

¿Por qué la Gran Guerra se rememora con amapolas?


La costumbre de relacionar las amapolas con la guerra viene de la época napoleónica, cuando un escritor se percató de que el territorio anegado tras un conflicto se cubría de estas flores en primavera. Durante la Gran Guerra, el teniente coronel John McRae, médico canadiense, escribió el poema En los campos de Flandes, en el que establecía esa misma relación. La composición se hizo célebre y la amapola se convirtió en el emblema de los fallecidos en combate:  
En los campos de Flandes las amapolas crecen 
entre la hilera de cruces,
que marcan nuestro lecho; 
y en el cielo
las alondras, aún cantan valientemente, el vuelo
es apenas escuchado entre los cañones de abajo... 


Así, el día del aniversario del armisticio, el 11 de noviembre, los británicos se colocan una amapola –poppy– de papel, en recuerdo de los fallecidos en la Primera Guerra Mundial. Con ella también conmemoran a otros soldados que perdieron la vida en conflictos posteriores, como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de las Malvinas o la Guerra del Golfo. Las poppys son confeccionadas por los veteranos de la guerra y vendidas por representantes de la Real Legión Británica, una organización formada por supervivientes de todas las guerras.

Por su parte, en Somme (Francia) cada primero de julio se arrojan amapolas a un inmenso foso conocido como la Grande Mine. El agujero –de 30 m de profundidad y 100 m de diámetro– lo dejó una mina colocada bajo las líneas alemanas, que estalló a las 7,28 h del 1 de julio de 1916, antes de la ofensiva de infantería que dio inició a la batalla del Somme. En este punto, ese mismo día y a dicha hora se realiza anualmente tan emotiva ceremonia.

13 oct 2011

Waterloo: la batalla que pudo ganar Napoleón

La batalla que ha inspirado novelas, películas y canciones. El fin del retorno casi milagroso del general más portentoso de la historia quien —regresando del exilio con menos de un millar de soldados y enfrentándose a enemigos muy superiores en número— estuvo a las puertas de poner, una vez más, toda Europa bajo los designios de su voluntad. Esta es la historia de lo que pudiendo haberse convertido en su más increíble triunfo, fue sin embargo el fin del mayor aventurero de la Historia.

¡Ha vuelto!

Primavera de 1815. La noticia recorre toda Europa como la pólvora: ha escapado de su exilio, sorteando los barcos ingleses encargados de impedirle abandonar la pequeña isla en que está confinado, y acompañado de seiscientos soldados —la escolta que se le permitió mantener a cambio de entregar todo un imperio— ha vuelto a poner en pie en Francia. Las cortes europeas son sacudidas por el acontecimiento y de un país a otro circulan los comentarios de asombro y alarma sobre el sorprendente suceso. Sólo hay un individuo en el mundo que puede provocar semejante conmoción con la sola mención de su nombre: Napoleón Bonaparte. El oficial de artillería que ascendió de la nada hasta el trono de Francia, que derrocó reyes y dinastías, que dominó toda Europa… y que la perdió cuando el grueso de su ejército moría de hambre y frío en el crudo invierno de las estepas rusas. Napoleón ha vuelto. El pánico invade los palacios de las principales potencias del continente. Los reyes y emperadores que una vez doblaron la rodilla ante él comienzan a intercambiar cartas y mensajes diplomáticos, consumidos por la angustia, ¡es como si un Apocalipsis fuese a cernirse sobre Europa! Tal es el aura que rodeaba a Napoleón: el hombre más famoso del mundo, cuyas hazañas se conocían desde Japón y China —donde era una figura casi mitológica—hasta la remota Sudamérica.

Nadie, ni siquiera en Francia, era capaz ni de imaginar que un retorno tan inesperado y espectacular pudiese llegar a ocurrir. Los pescadores de la costa francesa apenas pueden creer lo que están viendo cuando un bote llega a tierra y pone el pie sobre la arena una muy reconocible figura de baja estatura: nada menos que el antiguo Emperador, actualmente un proscrito de la ley francesa, que tiene prohibida la entrada en el país. Una escena semejante no se había visto jamás. El boca a boca primero, y los mensajeros a caballo después, llevan la chocante primicia a París. Bonaparte, que tras su derrota había sido insultado —y casi linchado—por el pueblo en su marcha hacia el exilio, es ahora recibido con expectación: Luis XVIII, el fofo e inoperante rey Borbón que asumió el trono tras la derrota de Napoleón, ha decepcionado a los franceses con sólo unos meses de reinado. Luis XVIII no es menos tirano que Bonaparte, pero sí mucho más ineficiente. Un año antes franceses habían culpado a Napoleón de la derrota militar en Rusia, pero ahora echaban de menos su tiranía: a fin de cuentas había construido escuelas, carreteras, y había escrito leyes que, salvo por el recorte de las libertades —sobre todo de prensa— eran en general bastante razonables.
El Rey envía un contingente de soldados para detener a Napoleón, comandados por un capitán que tiene la orden de arrestarle. En un camino boscoso, este destacamento se encuentra con Bonaparte y su escolta de seiscientos hombres. Ambos bandos apuntan al bando rival con sus armas; la tensión se corta con un cuchillo. Si alguien aprieta el gatillo se desencadenará una masacre. El capitán le dice a Napoleón: “tengo orden de haceros prisionero” pero los escoltas que cubren las espaldas a Bonaparte no mueven una pestaña. Como siempre se mantienen leales a quien fue su Emperador y como siempre están dispuestos a jugarse la vida por él. La escena puede terminar en una sangría.

Pero Napoleón da un paso adelante y habla a los soldados que han ido a detenerle. Dice: “No permitiré que mis soldados derramen su sangre sin motivo. Si alguno de vosotros aún está dispuesto a disparar a su Emperador, aquí lo tenéis” y se abre la chaqueta en un gesto dramático, mostrando su pecho, dispuesto a recibir las balas. Pero Napoleón intuye que las tropas que han de hacerle prisionero —pero que en otro tiempo sirvieron bajo sus órdenes— en su interior siguen siéndole fieles. Conmovidos, los soldados renuncian a su misión y comienzan a vitorearle con gritos de “¡Viva el Emperador!”. Abandonan a su capitán y se unen a la escolta de quien todavía sienten como su general. El capitán, abatido pero haciendo gala de dignidad y valentía, se dirige a Napoleón: “Mi intención todavía es deteneros, pero mis soldados me han abandonado”. Napoleón, con su fina psicología para tratar a los soldados —él fue soldado antes que ninguna otra cosa en su vida, pues desde niño creció en una escuela militar—no le muestra ningún rencor: sonríe y le felicita por su empeño en cumplir la orden recibida. Le deja en libertad, sin represalias, y un tiempo más tarde —siempre dispuesto a hacer uso de un buen oficial— le llamará para tenerle también entre los suyos. El Emperador, que nunca consiguió ganarse a los reyes y aristócratas europeos pese a sus constantes empeños, sí sabe tratar a sus hombres, y ese es uno de los motivos que le convierten en el más temido general de su tiempo.

Napoleón sigue su camino hacia el norte, hacia París. Cada vez que se topa con un destacamento enviada para arrestarle, se repite la escena: los soldados renuncian y se unen a su escolta, que se engrosa cada vez más. Un buen día, cuando Napoleón aún está de camino a la capital, aparece una pintada en un muro cercano al palacio de Versalles, dirigida al rey: “Luis, no me envíes más soldados, ya tengo más que suficientes”.
Luis XVIII capta el mensaje: hace las maletas apresuradamente; su camarilla de ministros también: abandonan París y se marchan al exilio a toda prisa. Es una decisión juiciosa; durante años han visto a Napoleón efectuar prodigio tras prodigio y este es solamente un prodigio más en su inigualable carrera: sin disparar una sola bala, sin desenfundar un solo sable y apelando sólo al amor de sus soldados, Napoleón ha recuperado el trono de Francia. Es el comienzo de los Cien Días, un periodo tan fabuloso como históricamente anómalo en que se jugó el destino de Europa y, seguramente, del mundo.

Cuatro contra uno

Le parecía imposible cuando, paseando a caballo por los cerros de la diminuta isla de Elba, se lamentaba por el imperio perdido, pero ahora vuelve a sentarse en el trono. Es de nuevo Emperador de Francia. Y su primera medida es enviar cartas de paz a todas las potencias europeas, recordándoles que él nunca inició ninguna guerra y sólo terminó las que habían iniciado otros, que fue amable incluso con los reyes a quienes destronó y que desea ante ninguna otra cosa que no se derrame más sangre en suelo europeo. No hay contestación. Ni siquiera su suegro, el emperador Francisco I de Austria —con cuya hija Maria Luisa Napoleón se casó y tuvo un niño al que ya no le dejan ver—se digna responderle. No se fían de él; conocen por experiencia su ambición, su inigualado talento militar y su tendencia a invadir un país detrás de otro. Le tienen tanto miedo que no pueden darle tiempo para rearmarse, sabiendo que aunque el ejército de Francia ya no es el mismo, bajo el mando de Napoleón puede ser capaz todavía de grandes cosas. Se forma una Alianza contra Francia —la séptima en trece años, nada menos— liderada por Inglaterra, junto a Prusia, Rusia, Austria y varios países menores. Cuatro potentes ejércitos se dirigen a la frontera francesa desde diversas direcciones. Un cerco mortal.
Desde el norte, llega la amenaza de los dos más potentes ejércitos de la Alianza, el ejército británico dirigido por el Duque de Wellington, que ha acampado en Bélgica junto al ejército prusiano del anciano general Blücher. Desde el este, con algo de retraso, se acercan los rusos y los austriacos. Demasiados enemigos a los que combatir con un solo gran ejército. Napoleón está perdido. ¿O no? Lo ha demostrado mil veces: aunque llevado por su ego fue capaz de cometer grandes errores —como el de invadir España y, sobre todo, el de invadir Rusia—su astucia militar no tiene límites. Ya que le obligan a luchar, luchará. Ya que sus enemigos son muchos, buscará la mejor manera de neutralizarlos a todos. Sí, parece imposible.., y de hecho, ¡es imposible! Pero sobre un campo de batalla nunca hubo imposibles para Napoleón Bonaparte: por eso es quien es.

Napoleón decreta una movilización general para recomponer lo mejor que pueda y a toda prisa el ejército francés, lo que una vez —antes del desastre de Rusia—fue la fuerza militar más poderosa de la Tierra. Perdió muchos soldados veteranos y valiosos en la estepa rusa, vencido por el General Invierno, ya que el Zar y sus tropas habían huido de él… atrayéndole astutamente hacia el terrible periodo invernal. Pero Napoleón aún conserva algunas de sus mejores unidades. Sigue teniendo a la Guardia Imperial, que era la infantería de élite más temida —y temible—de su tiempo. Un cuerpo reducido, pero formado por hombres seleccionados personalmente por Napoleón, hombres que debían reunir unas características únicas: alta estatura, complexión fuerte, carácter combativo y mucha experiencia probada en el campo de batalla junto al propio Bonaparte. De aspecto feroz, tocados con gorros de piel de oso, los hombres de la Guardia Imperial cobraban el triple de salario que el resto de soldados franceses y recibían el doble de ración. En muchas batallas ni siquiera entraban en combate y descansaban tranquilamente mientras las demás tropas se jugaban la vida en combate. Un trato de privilegio que, sin embargo, justifican cada vez que son llamados a luchar por el Emperador: la Guardia Imperial nunca —jamás— ha retrocedido ante nadie. Cada vez que Napoleón les ha hecho levantarse de su privilegiado descanso y entrar en una batalla, los hombres de la Guardia han contribuido decisivamente a la victoria. Es el más invencible cuerpo de infantería del planeta; su sola mención hace estremecerse a los soldados enemigos.
Bonaparte también conserva su artillería que —también— es la más avanzada y eficaz de su tiempo. No es difícil explicar por qué: Napoleón, además de Emperador, estratega y general, es el mejor artillero del mundo. Desde niño estudió en una academia militar todo cuanto se podía aprender sobre esa disciplina. Lo sabe todo sobre cañones, absolutamente todo: cómo se fabrican, qué metales se usan, las leyes de la física y la dinámica que rigen la trayectoria de las balas… todo. Presume —con razón—de poder construir un cañón perfectamente funcional desde cero. En algunas de sus primeras batallas como general, cuando era más joven y ágil, llegó a manejar cañones junto a sus hombres, manchándose de pólvora y sudor y ganándose su respeto. Cuando en París se había celebrado con salvas el nacimiento de su primer hijo, el Emperador —de pie ante una ventana de su palacio—había escuchado los cañonazos desde la distancia, diciendo qué tipo de cañón y de qué calibre estaba disparando cada vez, distinguiéndolos únicamente por el sonido. Cuando tras su segunda y definitiva derrota fue conducido a Londres en un barco británico, el capitán inglés —que le había recibido con frialdad despectiva—acompañó a Napoleón a la cubierta de cañones, que Bonaparte se empeñaba en visitar. El marino quedó tan atónito por los conocimientos de Napoleón sobre la artillería del buque —sabía mucho más que todos los artilleros del barco juntos—que envió una carta a su familia describiendo con asombro la erudición del general corso. Napoleón es un genio en diversos campos, pero en artillería más que en ningún otro.
Además de la temible Guardia Imperial y su avanzadísimo cuerpo de artillería, también conservaba un buen cuerpo de caballería de reserva: los coraceros del mariscal Ney, quienes imponían respeto con sus cuidadosamente escogidas monturas y sus uniformes con casco y peto de reluciente metal. Para terminar de rearmarse adecuadamente, necesitaba un buen número de soldados con que reconstruir las unidades regulares. Tendría que conformarse con muchos reclutas inexpertos, pero no tenía tiempo para más. Su Grand Armée quizá ya no era la misma que asoló Europa años antes, pero seguiría siendo un ejército potente. Aunque, ¿qué podía hacer con un único ejército frente a cuatro grandes ejércitos enemigos?

Un plan magistral

Napoleón entendió inmediatamente que Inglaterra era la clave de la nueva coalición. Era el único país que ya no temía ser invadido por el Emperador de Francia —aunque en el pasado las madres inglesas amenazaban a sus hijos con Bonaparte si no se iban a dormir—porque en la batalla de Trafalgar el almirante Nelson había destruido la flota francesa y con ella la posibilidad de que el ejército napoleónico desembarcase en Gran Bretaña. Envalentonados por su dominio de los mares, los británicos ya no tuvieron inconveniente en enviar a Wellington hacia España primero, y hacia Bélgica después. Los mares eran propiedad de los ingleses… y Napoleón sólo era peligroso sobre tierra. Inglaterra estaba a salvo; el Canal de la Mancha era su escudo protector.
Pero a los demás países europeos sí les temblaban las rodillas cada vez que recibían noticias sobre las movilizaciones en Francia. Sin un mar que les protegiese de Bonaparte, tan sólo el poder económico, militar y sobre todo naval, de Inglaterra les daba confianza suficiente como para mantenerse unidos. Y Napoleón se dijo que si conseguía vencer a Wellington en Bélgica, el resto de la coalición se vendría abajo, presa de la desconfianza. Una idea certera: no podía vencer a todos sus enemigos a la vez, pero si primero despachaba a los ingleses —y conociendo a sus rivales, los reyes europeos, que al contrario que Napoleón habían sido educados como aristócratas y no como soldados— no tardarían en querer firmar tratados de paz con Francia, atenazados por el pánico.
Tres meses después de apearse de una barca en el sur de Francia para recuperar su trono, Napoleón —empujado por las mismas prisas que movían a sus adversarios—se dirige con su nuevo ejército a Bélgica para expulsar a Wellington del continente. ¿El problema? Wellington no está solo. Blücher está acampado cerca de él. Y quizá podría vencer a británicos y prusianos… por separado, pero nunca juntos. Un dilema que hubiese hecho tirar la toalla a cualquier otro militar de su tiempo, y a casi cualquier general de otra época. Pero estamos hablando de Napoleón, el hombre capaz de lo imposible: él no tiraba la toalla sin buscar una solución, por arriesgada e inverosímil que pudiera parecer. Muchas veces, durante toda su carrera, se había jugado el todo por el todo. Sólo así había alcanzado la cumbre. Era hora de jugárselo todo a una carta, una vez más.
En los inicios de su carrera como militar, cuando defendía el honor francés en Italia, se había enfrentado a dilemas semejantes: dos ejércitos enemigos acampados frente al suyo. Y había encontrado una solución: la táctica de la “posición central”. Cuando un ejército está acampado, hay una línea de suministros —alimentos, municiones, etc.— que llegan o bien desde el mar, en barcos, o bien desde una carretera importante. Es importante para un ejército no alejarse de esa línea de suministros o se arriesga a que sus soldados se queden sin alimentos ni municiones en muy poco tiempo, y especialmente después de una batalla. Cuando un ejército se ve obligado a replegarse con el fin de prepararse mejor para la batalla, lo hará siguiendo la dirección de esa línea de suministros para no perderla.
Esto es algo que Napoleón sabía bien; como sabía que los suministros de británicos y prusianos acampados en Bélgica llegaban desde direcciones opuestas: los británicos recibían pertrechos, alimentos y materiales desde la costa, a la que llegaban en buques procedentes de Inglaterra. Los pertrechos prusianos, en cambio, llegaban desde el interior a través de una carretera. Si Napoleón conseguía hacerles retroceder a ambos a la vez, y según su lógica de las líneas de suministros, británicos y prusianos se plegarían en direcciones opuestas… separándose.

Las batallas de Ligny y Quatre Bras

Los dos enemigos de Napoleón no imaginaban que se atrevería a atacar a ambos a la vez —sobre el papel, era un movimiento suicida—, y pensaban que una jugada más lógica sería intentar atacar Bruselas pàra bloquear los suministros británicos. Esto es algo que Bonaparte utilizó en su propio beneficio. Cuando dividió su ejército en dos partes, una dirigida por él mismo y otra a cargo del mariscal Ney, para penetrar por sorpresa en la “posición central” —el punto de separación de ambos ejércitos aliados— sus dos rivales no se lo esperaban y no pudieron reaccionar de otro modo que replegándose, tal y como Napoleón había previsto, siguiendo sus respectivas líneas de suministros. Británicos y prusianos se separaron unos de otros, y cuando quisieron darse cuenta ya era demasiado tarde. Esta primera parte del plan de Napoléon, efectuada dos días antes de la batalla de Waterloo, salió casi a la perfección y parecía poner a los aliados en una posición muy precaria. Sólo un error del mariscal Ney impidió que el gran éxito obtenido por Nonaparte aquel día fuese todavía más rotundo.
Ney era retratado en numerosas pinturas de la época sobre un caballo y sable en mano, siempre cargando contra el enemigo. En ocasiones, incluso se le retrataba empuñando un sable con la hoja partida en dos. Aquello no era una exageración propagandística: el valor del mariscal Ney en la batalla era inigualable, una gran inspiración para sus hombres, y ese era el principal motivo por el que Napoleón le mantenía al frente de la caballería aun a sabiendas de que era tácticamente algo inepto (y que además le había traicionado tras su primera derrota). Napoleón consideraba el factor psicológico muy importante en una batalla —algunas de sus más grandes victorias se habían apoyado fundamentalmente en ello—y pensaba que si Ney daba ánimos a los suyos y causaba el terror entre los adversarios, eso le confería un valor intrínseco enorme. En el enfrentamiento entre Ney y Wellington en Quatre Bras salió lo bueno y lo malo de su manera de comandar: el impulso inicial impidió a los británicos ayudar a sus aliados y terminó consiguiendo que optaran por retirarse a un lugar donde prepararse mejor para una nueva batalla, pero Ney se entretuvo más de la cuenta haciendo cargas de caballería innecesarias y tardó demasiado en volver junto a Napoleón para ayudarle a destruir el ejército prusiano.
Mientras, Napoleón se enfrentó a Blücher en Ligny y obtuvo una victoria, obligando a los prusianos a huir, alejándolos todavía más de los británicos. Pero no pudo destruir el ejército de Blücher como era su intención inicial porque Ney llegó demasiado tarde. Un pequeño traspiés al que nadie —ni franceses ni aliados—dio demasiada importancia en su momento, pero que a la larga sería fundamental en el resultado de la gran y definitiva batalla que tendría lugar dos días después.
Tras finalizar aquellas dos primeras batallas, Napoleón se había salido con la suya. Los dos aliados se habían separado. Envió una parte de su ejército, comandada por el mariscal Grouchy, con la misión de interponerse en el camino de Blücher e impedirle regresar para ayudar a Wellington. El general inglés, por su parte, estaba justo donde Napoleón había previsto: cerca de la localidad de Waterloo, encajonado frente a unas colinas. Pese a que era una posición ideal para la defensa (y Wellington era conocido por sus tácticas defensivas), los británicos tenían un bosque a sus espaldas, el cual, en caso de que Napoleón consiguiera provocar su retirada, impediría un repliegue organizado y convertiría las tropas de Wellington en simples presas indefensas huyendo en desorden ante los cazadores franceses.  Cuando el día anterior a la batalla ambos generales analizaron el mapa, les embargaron sentimientos bien opuestos. Napoleón estaba triunfante y comentaba a sus ayudantes: “mañana cenaremos en Bruselas”. Wellington, mientras, se sentaba abatido en su tienda de campaña y mirando el mapa dijo: “el maldito me ha tendido una trampa”.
Para Napoleón Bonaparte, todo parecía estar de cara. Una vez más había logrado lo que era aparentemente imposible: separar a sus aliados, poniendo a uno de ellos entre la espada y la pared e impidiendo que el otro acudiese en su ayuda a tiempo. Iba a vencer a los británicos, sacudiendo los cimientos morales de la coalición entre sus enemigos para volver a dominar Europa y cambiar definitivamente el curso de la Historia. Así pues, ¿qué pudo salirle mal? (continuará)





22 sept 2011

Sobre las raíces históricas del desastre somalí... y africano.


En el siglo XIX y tras varias décadas de ocupación por parte de los sultanatos árabes, los británicos, franceses e italianos- inmersos en la carrera por la colonización- establecieron sedes en la región. La parte ocupada por los italianos- la Gran Somalia- era la tierra que unía a todos los somalíes. Durante la Segunda Guerra Mundial este territorio fue ocupado por tropas británicas, administrándolo hasta noviembre de 1941, cuando pasó a ser un territorio del Consejo de Administración Fiduciaria de las Naciones Unidas bajo administración italiana.

La actual Somalia surgió el 1 de julio de 1960 a partir de la unión de los territorios británicos (Protectorado de Somaliland Británica) e italianos (Somalia italiana, hasta entonces parte del África Oriental Italiana). La entonces denominada Somalilandia Francesa conseguiría la independencia por separado, convirtiéndose en el actual Djibouti.

Desde 1960 el país estuvo liderado por la Liga de la Juventud Somalí, hasta que en 1969 el asesinato de su líder y un golpe militar inauguraron la historia de la autocracia somalí, colocando como presidente a Mohamed Siad Barre. Durante esta época, en el contexto de la Guerra Fría, el régimen recibió el apoyo directo de Moscú hasta que los propios soviéticos, en un giro inesperado, pasaron a prestar su apoyo a los enemigos etíopes. Somalia optó entonces por buscar ayuda en el bloque occidental.

La pésima situación económica durante estas décadas hizo crecer la oposición armada en el país, sobre todo en la parte norte. Así, ya 1991 (tras la caída de Barre), los enfrentamientos entre clanes tradicionales, protagonistas de la organización pre-colonial del país, terminaron por configurar dos bandos opuestos. Estalló entonces una guerra civil que ya no hallaría solución hasta hoy.

Con el país sumido en la guerra civil y una fuerte sequía, Estados Unidos (EE UU) envió tropas en 1992 para asistir en el reparto de alimentos y socorrer a una población que pasaba por una terrible hambruna; pero también para proteger a los barcos petroleros y de mercancías hacia el mercado estadounidense, en su tránsito por aguas jurisdiccionales somalíes. El Congreso Unido Somalí (CUS), una de las principales organizaciones políticas y paramilitares del país, en aquel momento dominante en el sur y con el control de la capital, se opuso a esta intervención y provocó la interrupción de la ayuda extranjera. Al año siguiente la ONU envió una misión (ONUSOM), que se retiró en 1995 sin haber conseguido ni el restablecimiento de la autoridad nacional, ni la paz en el país.

Tras un largo periodo de enfrentamientos sin visos de pacificación, y a raíz de la Conferencia de Paz celebrada en Djibouti se formó en el año 2000 el llamado Gobierno Nacional de Transición de Somalia. Una entidad, instalada en la capital (Mogadiscio) que, aunque contaba con el respaldo de Naciones Unidas, la Unión Europea y la Liga Árabe- fue rechazada por diversos “señores de la guerra” somalíes. En medio de permanentes enfrentamientos, finalmente, y fruto de los acuerdos alcanzados en la Conferencia de Nairobi celebrados en 2004 (Carta Federal Transitoria), el poder político somalí se estructuró en varias Instituciones Federales Transitorias: un Presidente, un Consejo de Ministros o Gobierno Federal Transitorio (GFT)- integrado por el Presidente de la Republica, el Primer Ministro y otros ministros federales- y un Parlamento Federal Transitorio- compuesto por 450 diputados federales que representan los principales clanes del país. En febrero de 2006, el parlamento se reunió por primera vez en suelo somalí, en la ciudad de Baidoa.

Sin embargo, tampoco estos acuerdos lograron pacificar el país. En 2006 la conocida como “Segunda Batalla de Mogadiscio” inició otra oleada de brutal violencia. En junio la Unión de Tribunales Islámicos (UTI) tomó el control de Mogadiscio. Unos meses más tarde, el gobierno provisional recibió el apoyo militar efectivo de Etiopia, lo que llevó a la UTI, que mantenía el control del sur del territorio somalí, a declararle la guerra.

Posteriormente, a lo largo de 2007, la mayor parte de los territorios controlados por la UTI pasaron progresivamente a manos del GFT, de forma que tan solo Somaliland y, en menor medida el Estado “autónomo” de Putland, quedaron aparte. Un pacto con el GFT, en octubre de 2008, para ampliar el Parlamento y constituir un gobierno de unidad llevó en enero de 2009 a la elección del tercer presidente de GFT, Sharif Sheid Ahmed.

Desde entonces y hasta hoy el país ha seguido atrapado en una constante guerra civil por el control de los territorios entre los principales grupos del país. Esto ha afectado negativamente a la población, cuya situación se ha visto crecientemente agravada, sin que el reciente abandono de la capital por parte de la milicia Al Shabab permita suponer que la paz está más cerca.

A lo dicho hay que añadir que, desde julio de 2011, la población somalí sufre los efectos de la peor crisis alimentaria de los últimos veinte años. Aunque en primera instancia podría entenderse que esa situación es debida a la grave sequía que afecta también a zonas fronterizas de Kenia y Etiopía- es necesario entender que hay otros factores explicativos.

En síntesis, la gran diferencia entre Somalia y el resto de los países del este africano, igualmente afectados por esta sequía, viene dada por la permanencia del estado de guerra. Como se ha explicado anteriormente, desde hace veinte años los somalíes viven sumidos en un clima de violencia de unos contra otros, sin una autoridad central estable y con capacidad para atender a la satisfacción de las necesidades básicas de la población y a su seguridad. La piratería, que recibe un tratamiento mediático desproporcionado, es solo una de las consecuencias de esta anarquía, que oculta una realidad mucho más compleja. Otra consecuencia negativa ha sido el aumento del radicalismo islámico, de tal modo que lo que comenzó como una lucha entre clanes se ha convertido en los últimos años en una guerra entre los líderes de estos clanes, por un lado, y aquellos que demandan la aplicación de la sharia en el gobierno del país, por otro.

EE UU, como uno de los principales instrumentos de ayuda en el país y de apoyo del GFT, es un actor clave en la gestión y posible resolución de la catástrofe humanitaria somalí. En 2008 incorporó a Al Shabab a la lista de organizaciones terroristas internacionales, de tal forma que cualquier tipo de ayuda recibida en territorios controlados por esa organización pasaba a convertirse en un delito. En 2009, y como consecuencia de lo anterior, Washington retiró 50 millones de dólares de ayuda alimentaria destinada al territorio sur de Somalia, principal feudo de Al Shabab.

Por su parte, también Al Shabab es responsable directo de la catástrofe humanitaria que se vive actualmente. Además de los efectos negativos de su estrategia violenta, interesa mencionar su actitud con los donantes internacionales que han tratado de paliar la grave situación del país. Así, como respuesta al castigo impuesto por Washington, ya desde 2010 Al Shabab bloqueó la ayuda alimentaria que proporcionaba el Programa Mundial de Alimentos, aduciendo que ese tipo de ayudas generaba dependencias para la población, acusando a sus trabajadores de corruptos y vinculando este Fondo de Naciones Unidas con la política estadounidense.

Como consecuencia, la población del sur del país- una de las más castigadas del planeta- llevan varios años sin ningún tipo de ayuda. Unas ayudas no solo hubieran aliviado el hambre sino que hubieran permitido crear redes efectivas de distribución en una situación de emergencia humanitaria como la que hoy se vive. En definitiva, ambos elementos combinados (la guerra y el hambre) y una sequía inesperada en el país, han obligado a la población a abandonar sus hogares y emprender el camino hacia los campos de refugiados más próximos, en las fronteras del país.

El ahora mayor campo de refugiados del mundo, Daddab, se ha visto invadido por cientos de miles de somalíes que huyen del hambre y de la violencia. Naciones Unidas ha mostrado su preocupación al entender que el flujo de población- estimada en junio en más de 1.000 personas al día- ha sobrepasado la capacidad del campo para atender mínimamente sus necesidades. Creado inicialmente para asistir a 90.000 personas, ya alberga actualmente a 440.000 y, según informes de Médicos Sin Fronteras, se espera que a finales de año supere las 450.000.

¿Y ahora qué? Miles de somalíes siguen huyendo de unas condiciones de vida desesperadas marcadas por la guerra, la sequía y el hambre. Sus líderes no se ponen de acuerdo sobre soluciones concretas y la comunidad internacional no muestra una firme voluntad por implicarse en el remedio de sus problemas. ¿Veremos llegar el fin de la guerra en Somalia? ¿Habrá un momento en el que las agencias internacionales coordinarán sus esfuerzos para que la ayuda llegue a aquellos que realmente lo necesitan? ¿Habrá un día en que las decisiones políticas no condicionen la vida hasta la muerte? La respuesta a estas preguntas, a día de hoy, todavía no está clara.

Noticia original aquí 

11 sept 2011

El otro 11S.


Desde hace hoy 10 años, cada 11 de septiembre, los periódicos, las diferentes cadenas de televisión, emisoras de radio, nos vuelven a inundar de recuerdos y detalles sobre lo que pasó aquel día en la capital del mundo.
Dos aviones se estrellaban contra el símbolo del capitalismo, de la sociedad postmoderna, del nuevo poder económico. Y el mundo cambió.

Estados Unidos, que no se había visto atacada así desde el bombardeo de Pearl Harbour, y nunca había sido amenazada de tal manera en su propio territorio, lanzó un órdago, fundamentalmente al mundo islámico, que ha hecho cambiar la seguridad mundial, pero también otros aspectos cotidianos, y que posiblemente no volveremos a disfrutar.

Y todavía hoy, diez años después, los medios de comunicación nos recuerdan que la pérdida de libertades individuales está justificada en pos de una mejora de nuestra seguridad.

Pero lo que rara vez nos recuerdan es el otro 11 de Septiembre, no de 2001, sino de algunos años atrás, en el que Estados Unidos, vencedora omnipotente desde la Segunda Guerra Mundial, y adalid del mundo capitalista en la Guerra Fría, había comenzado un plan imperialista propio de otros períodos históricos.

En 1970 Salvador Allende se convertía en el primer presidente latinoamericano de carácter marxista elegido democráticamente, justo cuando lucha de poder ideológico, político e imperialista entre Estados Unidos y la Unión Soviética estaba más tensa que nunca.

Y desde ese mismo año en el que Allende era elegido Presidente, el país norteaméricano puso su maquinaria en funcionamiento para derribar lo que consideraban un amenaza más en su propio continente. A Cuba, se le sumaba Chile.

El 11 de Septiembre de 1973 tendría lugar un golpe de Estado llevado a cabo por las Fuerzas Armadas chilenas.Es de común consenso entre los estudiosos del Golpe de 1973, que Estados Unidos apoyo logística, política y económicamente al golpe militar encabezado por Augusto Pinochet, que tuvo en Henry Kissinger uno de los mayores valedores contra el Chile de Allende.

La dictadura pinochetista entre 1973 y 1990 dejó un saldo muy trágico, con más de 40.000 muertos y desaparecidos, además de otros miles ciudadanos que sufrieron torturas y prisión, según distintos informes oficiales.

El 15 de noviembre de 2002 se estrenaba el film 11.09.01 un proyecto cinematográfico en el que 11 directores y directoras de diferentes partes del globo, entre los que destacaban Amos Gitai, Alejandro González Iñarritú, Sean Penn, Danis Tanovic o Ken Loach, debían reflejar durante 11 minutos y nueve segundo una obra cinematográfica, para aportar su particular visión del suceso que hizo que media humanidad estuviera pendiente del televisor: los devastadores acontecimientos que se vivieron el 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York y sus terribles consecuencias.

Sin duda alguna, y gracias a la libertad de expresión con la que contaron los diferentes directores, la obra de Ken Loach fue una bofetada en toda regla al puritanismo estadounidense.


Si se trataba de hablar de una fecha, él lo haría, pero desde una perspectiva original, comprometida y valiente. Esta es la aportación del genial director inglés al proyecto 11.09.01.


... Y la memoria de Allende, a pesar de todo, siguió presente.

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