22 sept. 2011

Sobre las raíces históricas del desastre somalí... y africano.


En el siglo XIX y tras varias décadas de ocupación por parte de los sultanatos árabes, los británicos, franceses e italianos- inmersos en la carrera por la colonización- establecieron sedes en la región. La parte ocupada por los italianos- la Gran Somalia- era la tierra que unía a todos los somalíes. Durante la Segunda Guerra Mundial este territorio fue ocupado por tropas británicas, administrándolo hasta noviembre de 1941, cuando pasó a ser un territorio del Consejo de Administración Fiduciaria de las Naciones Unidas bajo administración italiana.

La actual Somalia surgió el 1 de julio de 1960 a partir de la unión de los territorios británicos (Protectorado de Somaliland Británica) e italianos (Somalia italiana, hasta entonces parte del África Oriental Italiana). La entonces denominada Somalilandia Francesa conseguiría la independencia por separado, convirtiéndose en el actual Djibouti.

Desde 1960 el país estuvo liderado por la Liga de la Juventud Somalí, hasta que en 1969 el asesinato de su líder y un golpe militar inauguraron la historia de la autocracia somalí, colocando como presidente a Mohamed Siad Barre. Durante esta época, en el contexto de la Guerra Fría, el régimen recibió el apoyo directo de Moscú hasta que los propios soviéticos, en un giro inesperado, pasaron a prestar su apoyo a los enemigos etíopes. Somalia optó entonces por buscar ayuda en el bloque occidental.

La pésima situación económica durante estas décadas hizo crecer la oposición armada en el país, sobre todo en la parte norte. Así, ya 1991 (tras la caída de Barre), los enfrentamientos entre clanes tradicionales, protagonistas de la organización pre-colonial del país, terminaron por configurar dos bandos opuestos. Estalló entonces una guerra civil que ya no hallaría solución hasta hoy.

Con el país sumido en la guerra civil y una fuerte sequía, Estados Unidos (EE UU) envió tropas en 1992 para asistir en el reparto de alimentos y socorrer a una población que pasaba por una terrible hambruna; pero también para proteger a los barcos petroleros y de mercancías hacia el mercado estadounidense, en su tránsito por aguas jurisdiccionales somalíes. El Congreso Unido Somalí (CUS), una de las principales organizaciones políticas y paramilitares del país, en aquel momento dominante en el sur y con el control de la capital, se opuso a esta intervención y provocó la interrupción de la ayuda extranjera. Al año siguiente la ONU envió una misión (ONUSOM), que se retiró en 1995 sin haber conseguido ni el restablecimiento de la autoridad nacional, ni la paz en el país.

Tras un largo periodo de enfrentamientos sin visos de pacificación, y a raíz de la Conferencia de Paz celebrada en Djibouti se formó en el año 2000 el llamado Gobierno Nacional de Transición de Somalia. Una entidad, instalada en la capital (Mogadiscio) que, aunque contaba con el respaldo de Naciones Unidas, la Unión Europea y la Liga Árabe- fue rechazada por diversos “señores de la guerra” somalíes. En medio de permanentes enfrentamientos, finalmente, y fruto de los acuerdos alcanzados en la Conferencia de Nairobi celebrados en 2004 (Carta Federal Transitoria), el poder político somalí se estructuró en varias Instituciones Federales Transitorias: un Presidente, un Consejo de Ministros o Gobierno Federal Transitorio (GFT)- integrado por el Presidente de la Republica, el Primer Ministro y otros ministros federales- y un Parlamento Federal Transitorio- compuesto por 450 diputados federales que representan los principales clanes del país. En febrero de 2006, el parlamento se reunió por primera vez en suelo somalí, en la ciudad de Baidoa.

Sin embargo, tampoco estos acuerdos lograron pacificar el país. En 2006 la conocida como “Segunda Batalla de Mogadiscio” inició otra oleada de brutal violencia. En junio la Unión de Tribunales Islámicos (UTI) tomó el control de Mogadiscio. Unos meses más tarde, el gobierno provisional recibió el apoyo militar efectivo de Etiopia, lo que llevó a la UTI, que mantenía el control del sur del territorio somalí, a declararle la guerra.

Posteriormente, a lo largo de 2007, la mayor parte de los territorios controlados por la UTI pasaron progresivamente a manos del GFT, de forma que tan solo Somaliland y, en menor medida el Estado “autónomo” de Putland, quedaron aparte. Un pacto con el GFT, en octubre de 2008, para ampliar el Parlamento y constituir un gobierno de unidad llevó en enero de 2009 a la elección del tercer presidente de GFT, Sharif Sheid Ahmed.

Desde entonces y hasta hoy el país ha seguido atrapado en una constante guerra civil por el control de los territorios entre los principales grupos del país. Esto ha afectado negativamente a la población, cuya situación se ha visto crecientemente agravada, sin que el reciente abandono de la capital por parte de la milicia Al Shabab permita suponer que la paz está más cerca.

A lo dicho hay que añadir que, desde julio de 2011, la población somalí sufre los efectos de la peor crisis alimentaria de los últimos veinte años. Aunque en primera instancia podría entenderse que esa situación es debida a la grave sequía que afecta también a zonas fronterizas de Kenia y Etiopía- es necesario entender que hay otros factores explicativos.

En síntesis, la gran diferencia entre Somalia y el resto de los países del este africano, igualmente afectados por esta sequía, viene dada por la permanencia del estado de guerra. Como se ha explicado anteriormente, desde hace veinte años los somalíes viven sumidos en un clima de violencia de unos contra otros, sin una autoridad central estable y con capacidad para atender a la satisfacción de las necesidades básicas de la población y a su seguridad. La piratería, que recibe un tratamiento mediático desproporcionado, es solo una de las consecuencias de esta anarquía, que oculta una realidad mucho más compleja. Otra consecuencia negativa ha sido el aumento del radicalismo islámico, de tal modo que lo que comenzó como una lucha entre clanes se ha convertido en los últimos años en una guerra entre los líderes de estos clanes, por un lado, y aquellos que demandan la aplicación de la sharia en el gobierno del país, por otro.

EE UU, como uno de los principales instrumentos de ayuda en el país y de apoyo del GFT, es un actor clave en la gestión y posible resolución de la catástrofe humanitaria somalí. En 2008 incorporó a Al Shabab a la lista de organizaciones terroristas internacionales, de tal forma que cualquier tipo de ayuda recibida en territorios controlados por esa organización pasaba a convertirse en un delito. En 2009, y como consecuencia de lo anterior, Washington retiró 50 millones de dólares de ayuda alimentaria destinada al territorio sur de Somalia, principal feudo de Al Shabab.

Por su parte, también Al Shabab es responsable directo de la catástrofe humanitaria que se vive actualmente. Además de los efectos negativos de su estrategia violenta, interesa mencionar su actitud con los donantes internacionales que han tratado de paliar la grave situación del país. Así, como respuesta al castigo impuesto por Washington, ya desde 2010 Al Shabab bloqueó la ayuda alimentaria que proporcionaba el Programa Mundial de Alimentos, aduciendo que ese tipo de ayudas generaba dependencias para la población, acusando a sus trabajadores de corruptos y vinculando este Fondo de Naciones Unidas con la política estadounidense.

Como consecuencia, la población del sur del país- una de las más castigadas del planeta- llevan varios años sin ningún tipo de ayuda. Unas ayudas no solo hubieran aliviado el hambre sino que hubieran permitido crear redes efectivas de distribución en una situación de emergencia humanitaria como la que hoy se vive. En definitiva, ambos elementos combinados (la guerra y el hambre) y una sequía inesperada en el país, han obligado a la población a abandonar sus hogares y emprender el camino hacia los campos de refugiados más próximos, en las fronteras del país.

El ahora mayor campo de refugiados del mundo, Daddab, se ha visto invadido por cientos de miles de somalíes que huyen del hambre y de la violencia. Naciones Unidas ha mostrado su preocupación al entender que el flujo de población- estimada en junio en más de 1.000 personas al día- ha sobrepasado la capacidad del campo para atender mínimamente sus necesidades. Creado inicialmente para asistir a 90.000 personas, ya alberga actualmente a 440.000 y, según informes de Médicos Sin Fronteras, se espera que a finales de año supere las 450.000.

¿Y ahora qué? Miles de somalíes siguen huyendo de unas condiciones de vida desesperadas marcadas por la guerra, la sequía y el hambre. Sus líderes no se ponen de acuerdo sobre soluciones concretas y la comunidad internacional no muestra una firme voluntad por implicarse en el remedio de sus problemas. ¿Veremos llegar el fin de la guerra en Somalia? ¿Habrá un momento en el que las agencias internacionales coordinarán sus esfuerzos para que la ayuda llegue a aquellos que realmente lo necesitan? ¿Habrá un día en que las decisiones políticas no condicionen la vida hasta la muerte? La respuesta a estas preguntas, a día de hoy, todavía no está clara.

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